(Tras la lectura de
La Casa de Asterión,
La Biblioteca de Babel,
La Escritura del Dios y
La Lotería en Babilonia de Jorge Luis Borges.)
I. Sobre la naturaleza de las islas. 
Escribir sobre la literatura de Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) es hacer lo perpetuo, lo repetido, lo eterno: no importa cuántas veces ni cuantos escritores hayan hablado sobre él con anterioridad; nunca será suficiente. Se puede escribir acerca de su poesía (espléndida), o de su ejercicio ensayístico (infatigable), o de su narrativa (extraordinaria), o de su aportación literaria al mundo (incuantificable, latente aún), y los métodos de abstracción para con su obra serán siempre insuficientes.
Los cuentos de B tienden hacia lo infinito, no por su duración o su alcance de perpetuidad en el inconsciente colectivo, sino por esa extraña -y dificilísima- mezcla que resultan sus narraciones: universalidad, modernidad, clasicismo, simbolismo, misterio, metafísica; pero sobre todo filosofía. Los cuentos Borgianos pueden parecer eruditos -y en cierta medida, lo son-, pero también lo son sencillos, simplistas: la filosofía es el puente entre las obsesiones de B y el lector, cualquiera que sea. El andamiaje del lector pudiera parecer insuficiente para comprender un cuento de B, pero siempre habrá un ovillo para regresar al inicio, dejado ahí casi accidentalmente; no, dejado ahí evolutivamente, filosóficamente. ¿B elitista? No, B prehispánico, B babilónico, B evangélico, B escandinavo, B nacionalista, B griego, B invidente. Las islas que componen el conjunto B emergen de todos los mares y de ninguno, tocan todos los océanos y ninguno, navegan a la deriva y siguen anclados a tierra firme. Cuestionar la naturaleza de B como un producto latinoamericano es irrisible; cuestionar la omnipresencia de sus islas resulta absurdo.
II. Los desiertos y los laberintos (flotantes).Para comprender la concepción que B tiene acerca del hombre es imprescindible remitirnos al desierto: aquél lugar en donde la nada habita cada recoveco, donde no hay una sola puerta y sin embargo no hay salida, donde el hombre -desafortunado en un inicio, agraciado al final- se encuentra con nadie excepto él mismo: el desierto que es el más temible de los laberintos. Así, tenemos que en la Isla Griega del Archipiélago B vive Asterión, que ante sus circunstancias tiene que inventarse el juego del doble (probablemente como lo hicieron los hombres primitivos ante sus miedos instintivos, después de la caza y las necesidades satisfechas, creando casi accidentalmente el concepto abstracto del Alma); que prefiere mezclarse con él mismo ante el rechazo de la grey; que prefiere esperar (sin saber quién o cómo luce) por su redentor; que prefiere creer que libera de todo mal a los hombres que fungen como su alimento.
En el archipiélago B se ubica también la Isla Azteca, presidida por un tal Tzinacán, que puesto en un laberinto mucho más pequeño que su homónimo minotauro trata de desenmarañar la esencia de la vida; la palabra divina que lo conecte con el Dios; el patrón indescifrable que le otorgue vida eterna; poco importa si eso lo salvará de las torturas por un absurdo tesoro, o si los usurpadores se marcharán después de enterarse que él y sólo él posee el secreto.
Tzinacán y Asterión viven en el mismo archipiélago, pero no lo saben. Sospechan uno del otro, apenas con el rabillo del pensamiento, pero son hermanos. Transitan territorios semejantes. Uno corre furiosamente por entre aljibes y bifurcaciones interminables; otro yace los años entre la oscuridad y piedra húmeda; uno se construye un espejo amable, curioso; otro es encerrado con un reflejo animal, con fauces y rayas en el cuerpo; uno espera el glorioso día en el que salga para siempre de ahí; el otro también, aunque apetezca no importarle. Y es que la disposición de los espacios en el conjunto B pareciera aleatoria, pero no lo es. Algunos sospechan que son catorce islas; alguna de ellas con catorce puertas y aljibes; otra con catorce palabras de libertad; alguien dijo haber visto una isla hexagonal, con pisos por lo alto y por lo bajo y por los lados, interminables, cual panal infinito con miel de letras. Algunos aventurados creen que lo que ha mantenido a Asterión y a Tzinacán infinitamente en las islas es la promesa de probar alguna vez aquella dulce -y fatal- miel contenida en el panal inconmensurable de libros contenido en una isla vecina.
III. Sobre las exactas matemáticas en el archipiélago B.Hay también, no menos importante, una Isla Babilónica (vecina contigua de la Isla Azteca y la Isla Griega). En ésta se juega a los números y se concentran todas las letras habidas y por haber en el conjunto de catorce piezas (catorce islas que no son catorce, sino infinitas). En la Isla Babilónica las probabilidades de que suceda cualquier cosa son infinitas, y se ha estructurado tanto el juego y las apuestas por lo acontecido y lo por acontecer que nadie distingue ahora entre las probabilidades y el destino. Porque hay, en esta Isla, gente, mucha; un poco contrario a lo que sucede en las dos islas anteriores. Aquí está el panal, y los libros, y las letras, y las probabilidades de construcción literaria infinitas -y absurdas. Se hace notar que aquí, en esta isla, también el panal es laberinto. Y también que a pesar de la exactitud de las matemáticas reinantes -e infatigablemente trabajadas- la resignación es inminente, o necesaria. Por eso B prefiere al catorce que al infinito. Y no es que lo prefiera por gusto, sino por sustitución. Catorce islas. Catorce laberintos. Catorce libros. Catorce palabras. Catorce aljibes. Catorce bifurcaciones. Catorce B.
Cuentan quiénes dicen saber, que el origen de la infinitud en el Archipiélago B se debe al encuentro accidental entre dos sietes de frente y opuestos. En algunos lugares distantes al Conjunto B (pero no tanto) llaman a este encuentro la ‘cinta de Amoebius’; en otros lo llamaron ‘reloj de arena’; en otros ‘relación especular’. De todos los que dicen saber esto, nadie ha hecho cuentas.
IV. Las islas que se sueñan a sí mismasEs probable que los visitantes del archipiélago hayan visto en todos los recintos dos espejos de frente, encontrados; en cada casa, en cada templo, en todas las bibliotecas y panales, en cada tigre. Es probable que cada isla sueñe cada noche en un sueño recurrente: el de soñar consigo misma. Es probable que los habitantes del Conjunto B hagan lo mismo, incluso mientras se miran en el espejo. Pero ya lo dijimos, las probabilidades en estos parajes son infinitas.
Imagino a B tras varias noches sin dormir, sabedor de sus proyectos en vía de construcción, mirándose al espejo cansado de sí mismo. Hasta que un día ya no puede más; ya no hay reflejo del otro lado. El B ciego (la Isla Invidente) dejó de necesitar espejos hace tiempo: B sabe que el espejo es la materialización del concepto; un accidente casual de la abstracción que tanto le quitaba el sueño. Imagino a B a punto de dormir, preparando el reloj de arena para que su sueño sea exacto (infinito) y entonces pueda construir catorce personajes; decidir el camino (in)correcto en catorce bifurcaciones; pronunciar catorce ínfimas palabras con cuarenta cortas sílabas que le impidan despertar para siempre. Imagino a B aprendiendo a contar las arenas en su reloj; deteniéndose en cada una de ellas, alargando sinuosamente cada instante en su caída.
B procuró ser muchos hombres (ya es muchas islas), y para concretar su cometido tuvo que haberse soñado muchas veces en cada uno de los hombres que deseo ser. Es una tarea difícil, casi imposible. B, como Aristóteles, cree en el arjé; Aristóteles no sabía exactamente en dónde encontrarlo; B parece obsesionado con encontrarlo en el sueño. Y quizá no se equivocaba. Pero eso no es lo que le preocupa a B; le preocupa en realidad que sus obras, sus obsesiones, sus confusiones se relacionen más con la ciencia que con el arte. Quizá B, de entre todos sus sueños como otros hombres (otras islas) nunca se soñó como hombre de ciencia.
V. n Espacios, n Tiempos, n Libros, n Islas, n…En la serie infinita 1, 4, 9, ..., en la que el término n-ésimo, an, es igual a n2, donde n = 1, 2, 3, ..., se dice que an tiende a infinito cuando n tiende a infinito, lo que significa que an es mayor que un cierto número arbitrario si n es mayor que determinado valor. Esto es cierto sólo en cierta medida, es decir, dependiendo del número creciente de Islas en el Archipiélago cada Isla siempre tenderá al Infinito, o lo que es lo mismo: el Archipiélago B se hará más infinito (si caso fuere posible) a medida que sus Islas (en conjunto seriado creciente) tiendan al infinito. En caso de que las Islas descubrieran por sí mismas su valor determinado y concreto, el Archipiélago B se colapsaría irremediablemente quedando varado en un limbo que tiende a lo concreto.
Cosa similar pasa con los conceptos de B: a medida que el número de libros en una biblioteca (total, en la Isla Babilónica) vayan creciendo, las probabilidades de la infinitud irán en aumento, no así su contenido; al menos no de manera uniforme. El problema de este asunto no es si el contenido de los libros vaya en aumento o no (de manera legible, comprensible), sino en dilucidar si la biblioteca en sí continúa en aumento o ha dejado de estarlo hace mucho tiempo; o lo que es peor: nunca ha aumentado o disminuido.
Una reflexión (ora literal, ora figurada) similar pasa con los espejos en las casa de los habitantes del Archipiélago B: a medida que el reflejo se refleje en otro espejo, el reflejo inicial volverá a reflejarse en el espejo contrario, devolviéndole el favor; si esto se repite n cantidad de veces, cada espejo y su respectivo e inicial reflejo perderán cada uno su identidad; o lo que es lo mismo, se prolongarán interminablemente entre el tiempo y el espacio.
Por lo anterior se infiere que: el Archipiélago B es n cantidad de Archipiélagos B, cada uno con n cantidad de Islas, que tienen entre sí n cantidad de libros, que cuentan la historia de n cantidad de Asteriones y Tzinacanes, donde cada uno se sueña n cantidad de veces…
VI. Sobre la suma de las Islas del conjunto B (o de la Gestalt B)Un mapa apócrifo fechado en el siglo pasado mostraba la forma ‘real’ del Archipiélago B: un círculo enorme, casi uniforme; producto de la concatenación de siete islas circulares concéntricas, cada una fracturada en dos partes. En la descripción incluida en el mapa se podía leer: “en este lugar (que no es un archipiélago, sino el universo) el tiempo y el espacio no existen (son infinitos), por lo que se recomienda a los potenciales visitantes del lugar (que no es la suma de sus partes, sino un laberinto) traer consigo el equipamiento mínimo necesario para poder salir con un dejo de razón: esquemas mentales, prejuicios, ignorancia, un librillo de superación personal, preocupación intrínseca por lo material y ojos sanos. En cambio, para los aventurados que estén dispuestos a perderse en estos parajes, sírvanse a traer consigo un reloj de arena, un par de espejos y los ojos bien enfermos.”