jueves 2 de julio de 2009

Trío (segunda parte).

Sigue. Reconstruye lo escrito. Arma de nuevo lo establecido. Redefine los pasos del manual. Recolecta hombres. Crea una secta. Reduce la sobrepoblación. Haz de cantinero. Mueca. Haz una enorme y desagradable mueca. Tuerce los labios. Haz tu trabajo. El caos mantiene el orden. Caos. Orden. Caos. Orden. Carden. Anda, sigue. Jódetelo, que te gusta. Llora. Guarda un minuto de silencio por tu trabajo. Ya. Sigue. Deconstruye. Construye. Muérete. Y se mueren otros, muchos, pero no yo:

Es ritualístico. Inevitable. Llego tarde. No le importará. Mientras a Él el tiempo le da menos (Él es el tiempo), a mí me apresura a cada momento. Es mi trabajo. Estaríamos solos, eso dijo. No estoy del humor adecuado, pero ya lo dije, es inevitable. Se me toma a broma, a veces. Se me toma muy en serio, a veces. Algunos argumentan vivir toda su vida bajo mi yugo. Me río de ellos. No es su vida. No me mal interpreten: tampoco es mía. Ojalá. Se han perdido entre tantos adjetivos de pertenencia, posesión, tenencia. No existe. ¿Creerán que yo digo “tomaré ahora esta vida que me pertenece”? Sería absurdo. Sólo hago las cosas que debo hacer. Fluyo. ¿Qué relación hay entre la tenencia y el fluido? Yo no poseo: degluto. Él ya estaba ahí, esperando. Nos saludamos con una mueca. No es que no disfrute mi trabajo: sólo se ha vuelto monótono. La habitualidad aburre por sí misma, sobre todo cuando puedes medir el tiempo: una maldición. Pero esta vez es una de esas ocasiones paranormales: tenemos público. Así que poso. Le enseño mi marca, Él hace lo mismo. Lo disfruto. Me olvido de lo ritualístico y comprendo que una de tantas puedo darme el lujo de pretender. Me vengo en mi boca. No me importa qué le pase a Él: hoy soy yo la estrella y nada más. Después jugaremos poker, rayaremos las paredes y nos iremos a casa. Y yo tendré la satisfacción intacta, aquella que me otorga mi inherente naturaleza exhibicionista.

viernes 5 de junio de 2009

Trío (primera parte).

Adelante. Escribe algo. Revive al mundo. Organiza una revuelta. Ilumina la vida de algún incauto. Espanta mujeres. Reduce los índices de muerte. Gánate los tragos gratis. Sonríe. Ponte la ropa ajustada. Finge condescendencia. Aprende a amar. Anda. Escribe algo y deja que fluya esa viscosidad que aprieta el alma. Sanar escribe, o viceversa. Rodear sana. Sana. Sana. Compra papel reciclado. Recíclalo otra vez. Pero no lo uses. Anda. Escribe. Como quien no tiene algo que hacer. Invéntate un don. Actúa extraño. Adquiere una caja de amigos. Escucha, pero no con cuidado. Llena el vaso. Apunta, divaga, escribe. Y escribo, pues:

Veo a un par de gentes. O recuerdo haber visto un par de gentes. No sabría decir si eran hombres o mujeres, u hombre y mujer. Lo que sí puedo decir es que parecían encaramados, con algo entre manos; manejándose con un lenguaje que parecía sólo ellos podían entender. Comenzaron a abofetearse, uno a uno, y lanzaban unas carcajadas enormes, como quien disfruta el dolor, justo después de cada golpe. Y se iban hacia atrás. Caían no por el impacto, sino por la risa. Terminaban exhaustos en su respiración, se acomodaban y tiraban el siguiente golpe. Y volvían a reír. Y hacían esto una y otra vez, con la motivación intacta.

No sé qué hacían antes o después, pero justo en el momento de postrar la mirada sobre los cuerpos, sabía que estaban haciendo una película pornográfica. No gemían. No cogían. Pero estaba haciendo una porno. Me fijé. Me fijé bien. Cada silueta en la espalda dibujaba un tatuaje. En uno se leía tanatos, en el otro deus. Me encogí de hombros. Viré la vista, hacia un lado y hacia el otro. Nadie más en la habitación. Era parte de un menage a trois del que nunca tuve voluntad. Espectador incauto: nuestro destino está enmarcado bajo la premisa de un orgasmo, en un abandonado cuarto, filmando una porno. Válgame.

miércoles 3 de junio de 2009

Ondas Beta

Así que el sonido aparece. Lo notas, apenas. Reparas el oído, inclinas un poco la cabeza. Ahí está. Entra, electrónico desde la ventana, venido como de un altavoz en pésimo estado. Lo sientes. Vibras. Te apabulla tras unos minutos de concentración. Desaparece. No lo ubicas, lo persigues. Te levantas del sillón y alzas la cabeza. No entra ya. No tiene dirección: es tuyo. Vibras de nuevo, pero esta vez reside en las entrañas. Lo entiendes, al fin: el sonido eres tú. Decepcionado, vuelves a dormir.

martes 21 de abril de 2009

Él: Luis Buñuel y la trasgresión psicológica del cine.




Luis Buñuel siempre se caracterizó por su carácter trasgresor, retador; siempre curioso acerca de los límites en los cánones del arte, sin dejar de lado su invariablemente bien colocado sentido de la estética. En Él (1952) su sentido estético alcanza uno de sus puntos más altos en toda su cinematografía -compitiendo, quizá, con El discreto encanto de la burguesía (1972)- y se aleja -en apariencia- de sus quehaceres surrealistas para entregar una pieza más consistente, más directa, honesta y quizá, un poco menos pretenciosa.


Las historias sobre desórdenes mentales en la pantalla hoy son una fórmula segura. Sin embargo, la cinta de Buñuel no tuvo el éxito esperado, y el poco que tuvo fue gracias al cartel que le proporcionaba Arturo de Córdova. ¿Por qué si Hitchcock había ya sobrepuesto estándares en el cine norteamericano desde hacía un par de décadas, el cine de drama psicológico de Buñuel no tuvo un éxito similar en México? La respuesta quizá se encuentre en la asimilación de la cultura, en el proceso de masificación del cine nacional por aquellos años: el cine de éxito se desarrollaba en los interiores, de ricos o pobres, siempre aprovechando el carácter satírico y un tanto positivista de la situación económica real por aquellos años. Así, la historia de un hombre con rasgos paranoides no podía ser interpretada dentro de la cultura mexicana como la representación de un macho adinerado que hace valer su estatus para con su mujer, precisamente porque nunca fue el objetivo del autor. El cine mexicano de éxito se consolidaba con historias satíricas, una mezcla entre tragedia y comedia que en la mayoría de los casos sobrevaloraba las condiciones reales del pueblo de la época.


Buñuel -siempre trasgresor- retoma el otro lado de la moneda: refiere a las probables y terribles consecuencias de un ritmo de vida -el de la ciudad, el ombligo del país- a la alza, con un tremendo e imparable crecimiento. Así, aprovecha la complejidad y el detallismo del personaje principal para imprimirle la dosis de autor necesaria para crear una suerte de personaje aún más humano: Francisco que es un pedazo de Buñuel; Arturo de Córdova que aprendió a caminar como Buñuel; el protagonista que sirve de espejo para revelar los miedos de Buñuel; un hombre que víctima del nuevo orden, en un choque entre lo tradicional y lo moderno colapsa invariablemente dando entrada triunfal al desorden y al caos mental. Buñuel ya había retratado en Los olvidados una realidad mexicana diferente a la que comúnmente se proyectaba en pantalla; en Él retrata otra porción de realidad, también olvidada por sus contemporáneos. Es quizá por ello el menosprecio de la industria nacional en la época hacia algunos de sus filmes: el cine sirve de entretenimiento, una válvula de escape, una red de protección, una realidad -ficcionada, siempre- alterna, anhelante; ¿por qué la gente iría a ver las realidades que no les complacían, de las que nadie quería enterarse, en las que nadie quería repetirse?


A pesar de estar basada en una novela de Mercedes Pinto, Buñuel aprovecha la libertad de la adaptación para prensar algunos de sus cuestionamientos e ideologías perpetuas. Podemos, por ejemplo, encontrar similitudes entre éste y su primer filme, Un perro andaluz: ésta última, a pesar de ser una cadena y pegado de sueños diversos están vigentes varias aristas esenciales; la religiosidad por ejemplo, representada por un par de monjes maristas arrastrados mediante una cuerda y seguidos por un par de pianos de cola y sus respectivos burros muertos, pudiera representar el peso de la religión en nuestros actos, como freno -y detonante- de nuestros impulsos, los verdaderos, los honestos, tal como sucede con Franciso en Él: una persona profundamente religiosa, puntillosa y de límites en apariencia bien fundamentados, que encuentra precisamente en uno de los rituales más característicos del catolicismo (el lavado de pies) el enamoramiento y el deseo por una mujer. Parte de la trama (?) en Un perro andaluz trata sobre la persecución hacia la mujer, la búsqueda de la satisfacción de los deseos inmediatos, sean estos el matar o el sexo; paralelamente, el discurso implícito en Él se fundamenta en el soslayo y la frustración del hombre por no poderlo conseguir hasta los límites deseados. Además, algunos cuadros y escenas contenidos en Él asemejan un sentido onírico, tal como juegan los espacios en la casa (puertas con vitrales inmensos, escaleras victorianas con bifurcaciones); la escenografía de Fitzgerald definitivamente imprime el sentido onírico -implícito- en el filme.


Ya se dijo antes: el trastorno aparente del protagonista puede entenderse como una consecuencia de la época y su creciente ritmo de vida, al menos contextualizado en la gran urbe; quizá ese haya sido el sentido que Buñuel le haya querido dar. Pero también es cierto que los trastornos mentales tienen la potencialidad de darse en cualquier época y en cualquier lugar. Entrar en una discusión sobre la etiología de las patologías mentales resulta un tanto inútil, aún en el ámbito artístico: muchas de las patologías se dan sólo en contextos delimitados, como lo es el occidental; y muchas otras son casi desconocidas, pero bien ubicadas en sus recónditos lugares de origen. En el caso del protagonista, es probable que el ritmo de vida de la época, sus recalcitrante religiosidad y su extenuada inseguridad funcionaran como detonantes ante una trastorno de esquizofrenia paranoide (como parece al final ser, con las alucinaciones auditivas, visuales y el delirio de persecución) que bien pudo haber estado preponderado genéticamente. En fin, a pesar de lo inservible de la discusión, lo rescatable es la manera magistral de interpretación del personaje (con un Córdova excelente) y la lupa siempre crítica de Buñuel.

sábado 18 de abril de 2009

Sperare (n definiciones y un problema sobre la Esperanza)

(borrador)

Es mirar (de reojo) durante un tiempo (casi) indefinido aquella puerta tuya, imaginando alguien llame o entre por ahí: cinco, diez, veinte, cuarenta minutos. Lo piensas bien, cuando te descubres: no habría motivos, pero lo esperas aún.

Es caminar (flotar) por la calle sin un céntimo, teniendo la mirada bien abajo, soñando en lo que harías de encontrarte una liga con dineros. Haces una vida en un par de cuadras y nada pasa: ni la liga, ni los planes, ni la vida.

Es el breve y casi espía hervidero dionisiaco, expecting for something else: algo extraordinario, algo que te saque de lo mundano, algo habitual que deje de serlo tan sólo por un instante; no sabes qué exactamente, pero la sangre quema a borbotones.

[¿Y qué harías si llamasen a la puerta? ¿Qué harías con los dineros? ¿Qué harías con la calma recorriéndote sempiterna por la piel?]

viernes 10 de abril de 2009

Aforismos II

12. Aún no concibo la posibilidad del agnostisismo, siendo el humano tan intolerante hacia la incertidumbre, de cualquier tipo. Obviamente, el punto me incluye.

13. Nietzsche escribió "no encuentro la diferencia entre las lágrimas y la música...". Yo tampoco. Aún hoy, las piezas efímeras me hacen llorar, aunque fuera por vergüenza. Eso no me hace un Nietzsche; dios me libre.

14. El mundo existe. Al menos eso me han dicho.

15. Hablar o escribir en retrospectiva es lo más sencillo. Por ello los videntes son de admirar.

16. Hay una motivación oculta en el ejercicio del ateísmo, una motivación vergonzosa, incluso en el agnostisismo: la envidia.

17. La hay también -una motivación oculta- en el rechazo hacia lo mundano. Por ello son de admirar ciertas pautas del budismo. O, en su defecto, las cabezas de los regímenes autoritarios.

18. Me parece sospechoso que el amor haya sido una temática central en la historia de la humanidad. Viéndolo en retrospectiva (una lástima que no soy vidente), o es un error que viene incluido en el paquete personalizado de la conciencia de sí mismo, o es el acierto* más grande de la naturaleza desde el diluvio universal.

19. Es aterrador el número de personas en el mundo. Encuentro pocas imágenes más terroríficas que una maquiladora china, una ensambladora japonesa, un baile popular.

20. El lenguaje, que en un principio se erigió como un timidísimo orden, terminará colapsando. Ahí el terror por la muchedumbre.

21. Por momentos estoy seguro que la psicoterapia debería desaparecer. Bastaría con abrir más cafeterías.

22. Hace unos veinte años, resultaba extrañísimo comprar una botella con agua purificada; era tan fácil como abrir el grifo y beber cabalmente. En unos veinte años más, los inhaladores y las mascarillas de oxígeno serán tan habituales como las botellas con agua hoy día.

*'Acierto' no tiene nada que ver con 'positivo' en términos humanos.

viernes 20 de marzo de 2009

Confesión II

Tu belleza me resulta insoportable, disoluta, insostenible. Me confieso. Espero ansioso el día en que te desmorones como el agua ante mis ojos; quimera, fantasma sublevado a la doctrina humana. Tus ojos me insultan, cual remordimiento de conciencia celestial: irreales aspavientos en mareas blancas.

Te huyo y me persigo cuando no me ves; cuando no me notas. Siquiera me sospechas: un anhelo temeroso, un sueño al despertar: perfecta partícula sin cabida en el espacio.

En los días me pinto de seda, deseando los gusanos se queden por ahí, sacudiéndome los poros: arrastres todos ellos de mis sinsentidos; huellas de mis deshechos, de mis no-hechos.

En las noches me sacudo el malhumor, impetrando las sonrisas se me claven en la piel, titilando mis ojos: espejos falsos del alma: ¿qué alma?, ¿la tuya?, ¿la mía?, ¿la nuestra? ¿El Alma?

Y sueño después. En esas cosas donde no importa qué suceda, ni con quién, ni cómo, pero que provocan pesadumbre al despertar. Y te busco. Y te hablo, que no es lo mismo que encontrarte. Y te digo. No respondes nada, pero no estoy seguro. Clic-clic y una notificación que debiera apaciguar mis ansias. Y nada. Clic-clic mi alma, clic-clic y nada. Tic-tac y nada.

¿Qué remedio? ¿Qué? Me obsesiona la idea de la belleza honesta. ‘Honesta’ querrá decir imperecedera. No la conozco. Tic-tac y la ignorancia, y el alma, y el pan, y la derrota; tic-tac y me empalo en una estación del tiempo. Así que sólo me persigo, hacia atrás que no adelante; porque sólo ahí sé dónde encontrarme. La paradoja. Me como las ansias. Clic-clic y mueren. Un amor analógico. Un amor digital. Un amor globalizado. Que no universal. Ojalá.


lunes 16 de marzo de 2009

La plaza y un ridículo animal



No te lo esperabas. Pretender que alguno de los clientes, comensales, compradores, vendedores e inversionistas del lugar hubiera tenido una sola sospecha del evento, resultaría absurdo, si no ridículo. Quizá algunos vendedores lo deseaban, o pensaron haberlo hecho, bajo las consecuencias suscitadas. Es decir, compras un helado, comes un bocadillo veloz; miras una película, deglutes palomitas; envidias a un maniquí; piensas quizá que un buen día podrás llevarte a casa todo lo que desees de todas y cada una de las tiendas; te gusta un vendedor, coqueteas con alguien que pasa por ahí y te imaginas la manera en la que jugarían a los cuerpos que se enganchan. Pero no piensas con anticipación que una mañana, sin razón o aviso, una construcción tan típica -y antiquísima- se aparezca por ahí; en medio de la plaza comercial, emergiendo desde el estacionamiento subterráneo. Después crees que pudiera ser producto de una costosa inversión de alguna franquicia en su intento desesperado por recuperar clientela; un evento mercadológico; una desconcertante estrategia para atraer turistas, dinero, compradores, despilfarro. Y sí, reafirmas tu última inferencia al presenciar el tumulto, las cámaras, los medios; la parafernalia. Pero sigues sin estar seguro. Te resignas a pensar que tenía que pasar: te resulta más familiar la idea aquella acerca de la gaia y su respiración incontenible; te resulta más plausible que hubiera expulsado aquella construcción de sus entrañas; le asfixiaba algún pulmón.


Te limitas, los primeros días a seguir la noticia por el televisor; de manera sistemática, casi obsesiva. Observas un proceso que en un principio te causa gracia y que después te reclamas: la gente se amotina, sorprendida, fanática; hay filas enormes fuera de la plaza para ser participes del evento. Después el negocio, que resulta un éxito. Sospechas lo que pasará en pocas semanas. La gente no sólo va a comprar o a deglutir; ahora rinde culto. Ríes nerviosamente cuando ves por la calle a la gente entregada, portando sus playeras con estampado de la construcción y alguna frase estúpida; cargando con las manos nuevos y felices artificios de la construcción en miniatura. Desesperas por saber el día en el que una grandiosa empresa se acuñe el fenómeno; tome responsabilidad y anuncie sus ganancias y un nuevo producto. Nadie lo hace. Infieres que faltan sólo algunos cientos de personas para que el culto se torne en religión. No lo soportas. En el fondo sabes -aunque te resistas- que quieres participar tanto como el resto de la ciudad. Has hecho un dibujo detallado de la construcción: trece pisos, con tamaños ascendentes desde la base, que es cuadrangular y en medio una escalinata para pies muy pequeños. Señalaste también, arcaico, los ángulos de luz que caen desde el techo transparente a las cuatro horas de los puntos cardinales. Calculaste el tiempo en el que una persona promedio tardaría en subir, completos, los ciento cuarenta pequeños escalones. Sabes de memoria la pendiente y los segundos que tardará un cuerpo en caer, víctima de Newton, al piso desde la cima. Nadie conoce la pirámide como tú. Mueres por visitarla.


Ahí estás al fin, dispuesto a romper el record de tu cálculo en el ascenso. Tuviste que esperar varias horas en la fila y soportar los gritos de la muchedumbre en la calle que reclaman se revele el contenido de la construcción. Tres minutos y el cálculo te falló. No importa, estás arriba y el mundo se ve tan pequeño desde ahí. Ves una pequeña entrada en el piso de ese último nivel, acordonada y custodiada por un gendarme. Te preguntas -como toda la ciudad- qué demonios hay adentro. Después de reflexionarlo algunos segundos piensas que tanta resistencia no pudo haber sido por poca cosa, así que te arriesgas. Embistes al vigilante y lo tiras por la borda. Inicias el descenso interno y te percatas de la humedad excesiva de las paredes -angostísimas- y el peligro de resbalarte y romperte la columna. Aún así no disminuyes la velocidad; sabes que vienen por ti. Imaginas a todas esas personas rezando ahí en la plaza, derrochando palabras en una lengua que creías muerta; con veladoras en el suelo, postradas sus manos en el piso, con frenesí divino, pidiendo que te agarren; que se te castigue por transgredir su santuario. Sonríes al imaginarlo y sigues bajando las escaleras, que parecen más largas que las que subiste hace apenas unos instantes. No resistes las lágrimas; sabes que serás una de las primeras personas en descubrir el secreto, en vislumbrarlo primero. Piensas en la vida eterna, el conocimiento absoluto, la felicidad perpetua; un mensaje, una oración, tres deseos; la iluminación. No entiendes nada. Has bajado, si tus cálculos no te fallan, más de doscientos escalones y no llegas a ninguna parte. Piensas en claudicar por un instante, pero desistes de la idea en pocos segundos: si regresas, hacia arriba, habrá gente que esté viniendo en tu búsqueda; y entonces, tu esfuerzo, el atrevimiento no habrá tenido ningún sentido; así que sigues bajando. Las rodillas se te doblan en cada escalón y el sudor en tu cara se confunde con el relente de los muros. No puedes más. Y cuando parecía que desfallecías ves al fin algo: una pequeñísima cámara, dos por dos deduces y unos cincuenta centímetros de alto, sin techo. Pisas el último escalón -o el primero- y aún desde ahí la cámara se ajusta perfectamente a tu visión, elevada. Te inclinas para ver de cerca, y ante la imagen te llevas una mano a la boca; como queriendo evitar que un demonio se te escape por ahí: hay en el piso, encerrada en la rudimentaria cámara, al final, en el fondo de la pirámide que emergió del estacionamiento subterráneo del centro comercial, que dicho sea de paso es el ombligo de la ciudad y proveedor de todas las necesidades existentes -ahora, incluso, la espiritual- una serpiente, pequeñísima, apenas ratonera; pero algo no está bien, te acercas más y la serpiente apenas se mueve, anacrónica, torpe. Logras al fin percibir la causa de su aparente impericia: plumas. El reptil tiene plumas, y le quedan grandes. Hubieras esperado que -de tan sólo haberlo imaginado, en sueños, o dibujado en un libro de texto, cuando niño- las plumas en una serpiente fueran pequeñas, ajustadas; que parecieran más un pelaje fino y no la aberración irrisible que ves justo ahora. Crees por un instante -de nuevo- que tu teoría mercadológica tiene sentido: alguien le ha pegado plumas de paloma a esta víbora y va a hacer dinero con ella. Pero no. Las plumas le nacen desde adentro, demasiado grandes como para dejarla arrastrarse con comodidad. No sabes qué hacer, atónito. Escuchas pasos veloces que se acercan, desde arriba. Entonces esperas que algo extraordinario suceda: que el seseo de la serpiente se convierta en mandato divino, en lengua de tus antepasados; que de sus costados emerjan mágicamente un par de alas, te pase por encima e ilumine el cielo mientras todos esos perdedores, afuera, observan atolondrados; que el reptil se vaya encendiendo, infinitamente hasta instalarse en su lugar en el cielo, haciéndose de Venus; que se yerga con apenas la cola doblada, te mire a los ojos y te herede sus secretos; que se mueva siquiera; ¡que al menos su serpenteo no se mire ridículo! Pero no sucede nada; eso y te atrapan al fin. Y te sacan de ahí, arrepentido.


Los siguientes meses no pudiste acercarte al edificio. Ciento cincuenta metros a la redonda de la plaza, dijo el juez. Pero sí pudiste reír y llorar con lo que te enterabas, de a poco cada vez. La extraña y pequeñísima serpiente fue exhibida por un tiempo; colocada arriba de la pirámide como atracción principal. Te enteraste también que las ventas de todas las tiendas de la plaza habían sobrepasado cualquier expectativa en los meses pasados. Pero también sabías que ya nada sucedería, que el clímax había ya agotado su equipaje y que el animalejo aquel no llenaría las expectativas del pueblo. Te preguntaste cuánto tiempo los recalcitrantes feligreses seguirían esperando aquello que reafirmara su fe: unas alas, una lengua extinta, un mensaje antiquísimo, un mandamiento, una orden de sacrificio. Se cansaron más rápido de lo que imaginabas, hasta que el reptil -o ave- murió de hambre, o de vieja, víctima de su propia indiferencia. Reíste y maldijiste cuando los socios del centro comercial se vieron presurosos, urgidos de nuevo y exhibieron en jaulas conjuntas, justo alrededor de la pirámide a un conejo con escamas, una tortuga sin caparazón y a un jaguar albino; sin éxito alguno. Todo va volviendo lentamente a la normalidad, después de la decepción: la gente regresa a los templos regulares, las tiendas venden cantidades regulares, los habitantes pasan sus vidas regulares. El edificio, la pirámide sigue ahí, inamovible e inmutable salvo por una excepción. Hoy irás al fin, tras tu castigo y la consecuente larga espera. Después de todo, nadie que se proclame tradicional se quedaría sin probar comida rápida encima de una auténtica pirámide.

lunes 5 de enero de 2009

El archipiélago B.



(Tras la lectura de La Casa de Asterión, La Biblioteca de Babel, La Escritura del Dios y La Lotería en Babilonia de Jorge Luis Borges.)


I. Sobre la naturaleza de las islas.

Escribir sobre la literatura de Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) es hacer lo perpetuo, lo repetido, lo eterno: no importa cuántas veces ni cuantos escritores hayan hablado sobre él con anterioridad; nunca será suficiente. Se puede escribir acerca de su poesía (espléndida), o de su ejercicio ensayístico (infatigable), o de su narrativa (extraordinaria), o de su aportación literaria al mundo (incuantificable, latente aún), y los métodos de abstracción para con su obra serán siempre insuficientes. Los cuentos de B tienden hacia lo infinito, no por su duración o su alcance de perpetuidad en el inconsciente colectivo, sino por esa extraña -y dificilísima- mezcla que resultan sus narraciones: universalidad, modernidad, clasicismo, simbolismo, misterio, metafísica; pero sobre todo filosofía. Los cuentos Borgianos pueden parecer eruditos -y en cierta medida, lo son-, pero también lo son sencillos, simplistas: la filosofía es el puente entre las obsesiones de B y el lector, cualquiera que sea. El andamiaje del lector pudiera parecer insuficiente para comprender un cuento de B, pero siempre habrá un ovillo para regresar al inicio, dejado ahí casi accidentalmente; no, dejado ahí evolutivamente, filosóficamente. ¿B elitista? No, B prehispánico, B babilónico, B evangélico, B escandinavo, B nacionalista, B griego, B invidente. Las islas que componen el conjunto B emergen de todos los mares y de ninguno, tocan todos los océanos y ninguno, navegan a la deriva y siguen anclados a tierra firme. Cuestionar la naturaleza de B como un producto latinoamericano es irrisible; cuestionar la omnipresencia de sus islas resulta absurdo.


II. Los desiertos y los laberintos (flotantes).

Para comprender la concepción que B tiene acerca del hombre es imprescindible remitirnos al desierto: aquél lugar en donde la nada habita cada recoveco, donde no hay una sola puerta y sin embargo no hay salida, donde el hombre -desafortunado en un inicio, agraciado al final- se encuentra con nadie excepto él mismo: el desierto que es el más temible de los laberintos. Así, tenemos que en la Isla Griega del Archipiélago B vive Asterión, que ante sus circunstancias tiene que inventarse el juego del doble (probablemente como lo hicieron los hombres primitivos ante sus miedos instintivos, después de la caza y las necesidades satisfechas, creando casi accidentalmente el concepto abstracto del Alma); que prefiere mezclarse con él mismo ante el rechazo de la grey; que prefiere esperar (sin saber quién o cómo luce) por su redentor; que prefiere creer que libera de todo mal a los hombres que fungen como su alimento.

En el archipiélago B se ubica también la Isla Azteca, presidida por un tal Tzinacán, que puesto en un laberinto mucho más pequeño que su homónimo minotauro trata de desenmarañar la esencia de la vida; la palabra divina que lo conecte con el Dios; el patrón indescifrable que le otorgue vida eterna; poco importa si eso lo salvará de las torturas por un absurdo tesoro, o si los usurpadores se marcharán después de enterarse que él y sólo él posee el secreto.

Tzinacán y Asterión viven en el mismo archipiélago, pero no lo saben. Sospechan uno del otro, apenas con el rabillo del pensamiento, pero son hermanos. Transitan territorios semejantes. Uno corre furiosamente por entre aljibes y bifurcaciones interminables; otro yace los años entre la oscuridad y piedra húmeda; uno se construye un espejo amable, curioso; otro es encerrado con un reflejo animal, con fauces y rayas en el cuerpo; uno espera el glorioso día en el que salga para siempre de ahí; el otro también, aunque apetezca no importarle. Y es que la disposición de los espacios en el conjunto B pareciera aleatoria, pero no lo es. Algunos sospechan que son catorce islas; alguna de ellas con catorce puertas y aljibes; otra con catorce palabras de libertad; alguien dijo haber visto una isla hexagonal, con pisos por lo alto y por lo bajo y por los lados, interminables, cual panal infinito con miel de letras. Algunos aventurados creen que lo que ha mantenido a Asterión y a Tzinacán infinitamente en las islas es la promesa de probar alguna vez aquella dulce -y fatal- miel contenida en el panal inconmensurable de libros contenido en una isla vecina.


III. Sobre las exactas matemáticas en el archipiélago B.

Hay también, no menos importante, una Isla Babilónica (vecina contigua de la Isla Azteca y la Isla Griega). En ésta se juega a los números y se concentran todas las letras habidas y por haber en el conjunto de catorce piezas (catorce islas que no son catorce, sino infinitas). En la Isla Babilónica las probabilidades de que suceda cualquier cosa son infinitas, y se ha estructurado tanto el juego y las apuestas por lo acontecido y lo por acontecer que nadie distingue ahora entre las probabilidades y el destino. Porque hay, en esta Isla, gente, mucha; un poco contrario a lo que sucede en las dos islas anteriores. Aquí está el panal, y los libros, y las letras, y las probabilidades de construcción literaria infinitas -y absurdas. Se hace notar que aquí, en esta isla, también el panal es laberinto. Y también que a pesar de la exactitud de las matemáticas reinantes -e infatigablemente trabajadas- la resignación es inminente, o necesaria. Por eso B prefiere al catorce que al infinito. Y no es que lo prefiera por gusto, sino por sustitución. Catorce islas. Catorce laberintos. Catorce libros. Catorce palabras. Catorce aljibes. Catorce bifurcaciones. Catorce B.

Cuentan quiénes dicen saber, que el origen de la infinitud en el Archipiélago B se debe al encuentro accidental entre dos sietes de frente y opuestos. En algunos lugares distantes al Conjunto B (pero no tanto) llaman a este encuentro la ‘cinta de Amoebius’; en otros lo llamaron ‘reloj de arena’; en otros ‘relación especular’. De todos los que dicen saber esto, nadie ha hecho cuentas.


IV. Las islas que se sueñan a sí mismas

Es probable que los visitantes del archipiélago hayan visto en todos los recintos dos espejos de frente, encontrados; en cada casa, en cada templo, en todas las bibliotecas y panales, en cada tigre. Es probable que cada isla sueñe cada noche en un sueño recurrente: el de soñar consigo misma. Es probable que los habitantes del Conjunto B hagan lo mismo, incluso mientras se miran en el espejo. Pero ya lo dijimos, las probabilidades en estos parajes son infinitas.

Imagino a B tras varias noches sin dormir, sabedor de sus proyectos en vía de construcción, mirándose al espejo cansado de sí mismo. Hasta que un día ya no puede más; ya no hay reflejo del otro lado. El B ciego (la Isla Invidente) dejó de necesitar espejos hace tiempo: B sabe que el espejo es la materialización del concepto; un accidente casual de la abstracción que tanto le quitaba el sueño. Imagino a B a punto de dormir, preparando el reloj de arena para que su sueño sea exacto (infinito) y entonces pueda construir catorce personajes; decidir el camino (in)correcto en catorce bifurcaciones; pronunciar catorce ínfimas palabras con cuarenta cortas sílabas que le impidan despertar para siempre. Imagino a B aprendiendo a contar las arenas en su reloj; deteniéndose en cada una de ellas, alargando sinuosamente cada instante en su caída.
B procuró ser muchos hombres (ya es muchas islas), y para concretar su cometido tuvo que haberse soñado muchas veces en cada uno de los hombres que deseo ser. Es una tarea difícil, casi imposible. B, como Aristóteles, cree en el arjé; Aristóteles no sabía exactamente en dónde encontrarlo; B parece obsesionado con encontrarlo en el sueño. Y quizá no se equivocaba. Pero eso no es lo que le preocupa a B; le preocupa en realidad que sus obras, sus obsesiones, sus confusiones se relacionen más con la ciencia que con el arte. Quizá B, de entre todos sus sueños como otros hombres (otras islas) nunca se soñó como hombre de ciencia.


V. n Espacios, n Tiempos, n Libros, n Islas, n…

En la serie infinita 1, 4, 9, ..., en la que el término n-ésimo, an, es igual a n2, donde n = 1, 2, 3, ..., se dice que an tiende a infinito cuando n tiende a infinito, lo que significa que an es mayor que un cierto número arbitrario si n es mayor que determinado valor. Esto es cierto sólo en cierta medida, es decir, dependiendo del número creciente de Islas en el Archipiélago cada Isla siempre tenderá al Infinito, o lo que es lo mismo: el Archipiélago B se hará más infinito (si caso fuere posible) a medida que sus Islas (en conjunto seriado creciente) tiendan al infinito. En caso de que las Islas descubrieran por sí mismas su valor determinado y concreto, el Archipiélago B se colapsaría irremediablemente quedando varado en un limbo que tiende a lo concreto.

Cosa similar pasa con los conceptos de B: a medida que el número de libros en una biblioteca (total, en la Isla Babilónica) vayan creciendo, las probabilidades de la infinitud irán en aumento, no así su contenido; al menos no de manera uniforme. El problema de este asunto no es si el contenido de los libros vaya en aumento o no (de manera legible, comprensible), sino en dilucidar si la biblioteca en sí continúa en aumento o ha dejado de estarlo hace mucho tiempo; o lo que es peor: nunca ha aumentado o disminuido.

Una reflexión (ora literal, ora figurada) similar pasa con los espejos en las casa de los habitantes del Archipiélago B: a medida que el reflejo se refleje en otro espejo, el reflejo inicial volverá a reflejarse en el espejo contrario, devolviéndole el favor; si esto se repite n cantidad de veces, cada espejo y su respectivo e inicial reflejo perderán cada uno su identidad; o lo que es lo mismo, se prolongarán interminablemente entre el tiempo y el espacio.

Por lo anterior se infiere que: el Archipiélago B es n cantidad de Archipiélagos B, cada uno con n cantidad de Islas, que tienen entre sí n cantidad de libros, que cuentan la historia de n cantidad de Asteriones y Tzinacanes, donde cada uno se sueña n cantidad de veces…


VI. Sobre la suma de las Islas del conjunto B (o de la Gestalt B)

Un mapa apócrifo fechado en el siglo pasado mostraba la forma ‘real’ del Archipiélago B: un círculo enorme, casi uniforme; producto de la concatenación de siete islas circulares concéntricas, cada una fracturada en dos partes. En la descripción incluida en el mapa se podía leer: “en este lugar (que no es un archipiélago, sino el universo) el tiempo y el espacio no existen (son infinitos), por lo que se recomienda a los potenciales visitantes del lugar (que no es la suma de sus partes, sino un laberinto) traer consigo el equipamiento mínimo necesario para poder salir con un dejo de razón: esquemas mentales, prejuicios, ignorancia, un librillo de superación personal, preocupación intrínseca por lo material y ojos sanos. En cambio, para los aventurados que estén dispuestos a perderse en estos parajes, sírvanse a traer consigo un reloj de arena, un par de espejos y los ojos bien enfermos.”

Taxi Driver en 4 breves puntos


1. Encuentre las diferencias. ¿Cuál es la diferencia entre Travis Bickle y Adolfo Hitler, por ejemplo? Ninguna, salvo que la tragedia del primero redime al arquetipo. ¿Cuál es la diferencia entre Travis Bickle y Calígula? Ninguna, salvo que las obsesiones del primero le otorgaron fama a Jodie Foster. ¿Cuál es la diferencia entre Travis Bickle y El Taximetrista, cuento de Juan José Saer, por ejemplo? Ninguna, salvo que Scorsese y Schrader recibieron premios y Saer las gracias argentinas. ¿Y podemos entonces asegurar el fenómeno reflejante individuo-sociedad? ¿Podemos también remarcar la maestría de un filme con una extraña mezcla de noir y western? Sí, a pesar de las pocas diferencias, sí podemos.

2. U.S.A., Vietnam y el Watergate. Martin Scorsese encontró la fama y el reconocimiento gracias a Taxi Driver (1976), pero también retrató una realidad ‘alterna’, punzante en el país americano: el síndrome de Vietnam, la caída de los principios hippies, los guiños prematuros del glam en una sociedad desdibujada, buscadora -por enésima vez- de una identidad que de una vez por todas pudiera soportar la carga otorgada por la política global, y la -no menos pesada- vergüenza cultural. Y es que, de entre sus contemporáneos, Scorsese no teme a la represalia, su filme despega justo en el momento indicado: la crisis de identidad, la inestabilidad política y su consecuente corrupción le permitieron, como realizador, jugar con las fibras más sensibles de la nación, hacer un par de trenzas y erguirse victorioso, sabedor no sólo de que comenzaba un despliegue cinematográfico infatigable hasta la fecha: había creado, proyectado, quizá sin quererlo absolutamente, un espejo perfecto, cuasi-calculado a la medida americanizada, el hombre promedio, con un trabajo regular, tras una guerra (ir)regular, con unos sueños regulares. Con Saer de por medio o no, la sociedad recogió con anhelo el detalle.

3. De ese héroe llamado De Niro. Así que el gangster (The Godfather: Part II, 1974) pasa de la mafia a la cotidianidad, cosa extraña, los personajes se concatenan de manera perfecta en una sola cultura subterránea: el crimen. El actor se despliega como un héroe indie, la esperanza última -para el pueblo, la sociedad- de que el sistema termine por joderte de buena manera: no importa que el sistema te empuje hacia el crimen; no importa que el depósito de eso que llamamos sociedad se esté convirtiendo en escusado, al final -héroe trágico, al fin- tus actos serán recordados, reconocidos, premiados; tendrás entonces tu recompensa, aunque a medias: la ciudad no se limpió por completo de toda esa porquería indeseable, en las calles, insoportable, pero al menos tendrás el consuelo de que hiciste bien; que tus impulsos y anhelos como individuo fueron reacomodados de buena manera.

4. El claroscuro viaja en Taxi. Travis Bickle es el personaje tierno, sensible e inocente por antonomasia. Pensemos en esto: sufres insomnio, consecuente probablemente por estrés post traumático de guerra, así que quieres aprovechar el tiempo, hacer las noches desperdiciadas en algo de provecho; terminas en un taxi. Como hijo del sistema no tienes anclas, así que las buscas, tal como lo dictamina el mundo, tus experiencias, tus ojos: un trabajo honrado, la organización, una mujer hermosa, la política emergente, un disco de moda. Pero no lo soportas, no por falta de voluntad sino por incapacidad; así que rechazas -te rechaza- ese mundo luminoso, los colores brillantes, la heroína políticamente correcta, el absolutismo de ‘tener que ser’. Entonces haces un pacto con la noche: el cine porno, una pistola, una venganza, un asesinato que te dé voz, la heroína políticamente incorrecta. Y lo llevas a cabo, al menos lo intentas y algo resulta, aunque no era lo planeado. Pero nadie entiende, carajo: tu no planeabas permanecer aquí para enterarte, y mucho menos para darte cuenta de la confusión idiota que se ha creado alrededor de tus acciones. Entonces duermes quizá, pero siempre con el aura palpitante, la melodía y el presentimiento de que volverá a pasar, de que no perteneces aquí.

29 días


Que escriban de mí que estuve sólo; que tal hecho no fue obra de la providencia. Que cuenten de mí que viví en los tiempos del mar muerto; en época en la que el Sol hacía de mito y nada más. Que sepan de mí que fui amante de la nieve, del desierto albo, de la planicie nívea, blanquísima; del vacío. Que encontré este lugar vacante, con sus habitaciones expeditas, hechas para mí; espacios idóneos para vivir una expiación, veintinueve días y ni uno más. Que se sepa que he contado todos los recovecos de la arquitectura, que no son pocos; que he pulido cada una de las columnas que me separan del mundo, el de afuera; que he dejado a los perros comerse los unos a los otros por mero entretenimiento; que regresé todas las tardes bajo la bruma nodriza, después de mi inútil cacería, a cambiar de habitación. Que no me recuerden por mi nombre; que se me recuerde por todo aquello que dejé de hacer para instalarme aquí. Que quede manifiesto que incluso hoy, en la última habitación, mi alma no ha encontrado la pureza que con tanto ahínco anhelaba.

Sobre la utopía mental...

It's too much, too bright, too wonderful… *

Todo el mundo miente, todo el mundo se va, todo el mundo muere; y lo que jode no es que eso suceda: es la monstruosa utopía detrás de todo aquello.


*Máxima inspirada tras la escucha de Last Flowers, canción interpretada por la banda inglesa Radiohead, en su bonus disc In Rainbows.

sábado 23 de agosto de 2008

Prestidigitación en 9 actos


1. Hay un hombre, y el hombre está sólo. No siempre ha sido así. Había una mujer, y la mujer sonreía; entonces el cielo parecía iluminado y el movimiento urbano asemejaba un vals. Hoy no están ni la mujer ni su sonrisa.

2. Hay una mujer, y la mujer está sola. No siempre fue así. Había un hombre, y el hombre la abrazaba; entonces el Sol parecía una tierna conciencia celestial y los días pasaban sin recato. Hoy no está ni el hombre ni sus brazos.

3. Hay un hombre, y el hombre llora. No siempre ha sido así. Había una mujer, y la mujer le besaba; entonces la lluvia parecía un alivio y las carcajadas asemejaban una melodía.

4. Hay una mujer, y la mujer llora. No siempre fue así. Había un hombre, y el hombre la escuchaba; entonces el mar parecía sorprendentemente silencioso y las olas asemejaban leves acompañamientos. Hoy no está ni el hombre ni sus ganas de escuchar.

5. El hombre canta. ¿Por qué canta el hombre? ¿De dónde provienen sus deseos de entonar? ¿Qué canta? ¿Cómo hace para repetir sin cansancio el mismo matiz, las mismas notas? El hombre canta, y no revela sus motivos.

6. La mujer sueña. ¿Por qué sueña la mujer? ¿De dónde proviene su materia onírica? ¿Qué sueña? ¿Cómo hace para no cansarse de la misma escena, del mismo sueño? La mujer sueña, y no revela sus motivos.

7. Hay un mago, y el mago perpetra una ilusión. No siempre fue así. Había un mundo, y el mundo era sencillo; entonces las barajas parecían inertes y sus alas asemejaban lánguidos brazos. Hoy el mago ejecuta su ejercicio cúspide.

8. Hay un hombre, y hay una mujer. Siempre ha sido así, sin notarlo voluntariamente. Entonces comienza la prestidigitación: el hombre solo canta una canción, cada día, todos los días; la mujer sola sueña que hay un hombre que canta una canción, cada noche, todas las noches; y el mago truena las alas, se juega las plumas, dibuja un sombrero en el aire con el pico, y presto, espera pacientemente a que el acto culmine, con el perdón de la expectativa del aplauso concupiscente.

9. El mago espera, sabe no es sencillo. El hombre canta, y le mujer sueña; ambos esperando encontrarse justo a la salida del sombrero.

jueves 14 de agosto de 2008

Skinny Arms


They say this world is turning on, staying alive;
I say I am lonely, alone, sleeping above my head.
Old people give advice to me, life-proof sentences,
Who care about it? The boring people, the lonely people.

My soul is running across the window,
Trying to breath some really air, it's choking here inside;
Between painful organs and killer thoughts.
I really hope to believe in destiny: I wish, I should, I must.

So I'm in the back seat, the observer's place;
What can I do to feel, to get some fun?
I collect my veins in a paper-bag, blood is raising my eyes;
I'm thinking about give it to you, it's a fact of love,
The consequence of my spleen, there is no more fact of love than that.

They say you are beautiful and smart,
I say you are small, expecting some arms
To get some heat, maybe my long skinny arms.
Can you feel it?
Providence is around us, stuck on us, sucking on us.

martes 5 de agosto de 2008

Sobre el amor y los géneros: lo más sabio que he leido en meses:

"El amor entre hombres y mujeres es diferente: para ellas el amor es una elección, es una decisión. Pero un romance no excluye un amor consciente (...) Creo que los hombres quieren que el amor les sorprenda, no es algo que queramos planear... sinceramente, el amor nos abochorna, incluso nos entorpece. No importa que sea un medio o un fin, el amor debe ser impuesto".


De Reconstrucción, película escrita y dirigida por Christoffer Boe.

...Sobre la perpetuidad de la mujer


"Con cierta tristeza, he descubierto que toda mi vida he estado pensando en una mujer u otra. Pensé que estaba viendo países y ciudades, pero siempre había una mujer, como una pantalla entre el objeto y yo mismo".

Jorge Luis Borges

miércoles 30 de julio de 2008

Sobre las bondades de un abrazo...

Basta un abrazo para dilucidar, en medio de la oscuridad, que aún se emite luz; que aún se tiene algo de magia entre las manos.

domingo 27 de julio de 2008

4 anotaciones sobre el espejo

1. Con un espejo enfrente sé es capaz de cualquier cosa, menos de ser otro.

2. Con dos espejos, uno frente al otro, se obtiene el infinito, cosa fácil. Aunque claro, ésta es sólo una teorización: nadie es humanamente capaz de abstraer la totalidad (no la hay) de las imágenes producidas por tal fenómeno.

3. Luego entonces, Él está parado frente a un espejo, teniendo otro a sus espaldas: se sabe potencialmente infinito, se siente potencialmente infinito y en su afán por ver todas las imágenes, delante y detrás al mismo tiempo, se disloca el cuello.

4. Se concluye entonces: la anterior es la única forma de morir para siempre.

sábado 5 de julio de 2008

Borrador


Voy a escribir un texto. Y el texto me sacará del apuro. Voy a escribir unas líneas que me hagan feliz, que te hagan feliz, que hagan reir. Mi texto no necesitará estructura alguna, pues será todas las estructuras habidas y por haber; mi texto sería nada en particular, pues será todos los cuentos y poemas escritos y por escribir. ¿Has sentido que no puedes dejar de lacerarte? Mi texto podría provocar eso, y podría aliviarte de inmediato. Mi texto será sueño, anhelado ser realidad por millones. Mi texto será una canción que haga recordar, que te haga llorar, que te haga bailar; mi texto será una melodía de amnesia. Mi texto aliviaría hambres, liberaría al hombre. Mi texto podría incluso elaborarse a sí mismo, y negarse al tiempo. Mi texto está ahí, palpitante en el buró de algún niño mimado. Mi texto abduciría, redundaría en lo imposible; te haría capaz de tragar algún cometa y salir viva en el intento. Mi texto será amor, mi texto será la duda eterna, la respuesta infinita para un universo finito. Mi texto te suicidaría, y te reviviría las veces que fuése necesario. Mi texto sería tan fácilmente todas esas cosas, si tan sólo tuviera la capacidad de escribirlo.

viernes 4 de julio de 2008

Sobre el malestar humano...

El problema no son los pensamientos, o las emociones: el problema es que somos una desviación natural, un atajo; una bifurcación inesperada en el guión cósmico.